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BULLING LINGÜÍSTICO

Por Juan Claudio Edwards
MsC - Consultor de Marcas


De chico me acuerdo haber participado un par de veces en un juego de palabras llamado “cómo se dice”… Partía uno del grupo y preguntaba:
- ¿Cómo dices: ¿Bufanda o charlina?
- ¿Abrigo o paletó?
- ¿Comida o cena?
Cuando uno del grupo decía la palabra “equivocada”, el resto se (nos) moría de risa… “¡No, poh! No se dice cena… ¡qué rasca!”
…Y ahí quedaba el pobre “equivocado”; compungido, avergonzado sintiéndose ‘out’.
La regla implícita decía que la “gente como uno”, no dice ciertas palabras; no usa algunas expresiones y, por ningún motivo, se equivoca al momento de hablar con sus “iguales”.

 

Sin embargo, la vida es maravillosamente didáctica, y un día -a los once años- mi madre me dijo: “las cosas están difíciles y el próximo año vamos a cambiarte de colegio; vas a ir a un liceo”.

 

En los años del liceo aprendí algo que mis excompañeros de colegio y actuales compañeros del liceo nunca entenderían en esos momentos: el lenguaje crea castas, ‘igualdades’, clases, tanto de un lado como de otro: o eras ‘pije’, o eras ‘rasca’… Primera lección: las palabras no son palabras, son expresiones sociales.

 

Pasaron los años y por razones de trabajo fui trasladado a vivir a México, donde estuve cinco años maravillosos… En México -país de una riqueza artística, verbal e histórica sin igual en la Región- aprendí que el uso de las palabras debe ser el adecuado para expresar una idea. Esa fue mi segunda lección: el lenguaje no sólo es símbolo social, sino una expresión de la cultura de su pueblo.

 

Y claro, cuando uno vive bastantes años fuera y se enamora del país que lo acogió, sigue usando ciertas expresiones de “allá”.
Así, cuando finalmente volvimos a Chile, decidí invitar a mis amigos: “¡Pedro! ¡Regresé!... ¿Te vienes a cenar?”. Pedro y el resto fueron, pero en medio del encuentro, uno -que nunca había tenido ‘pelos en la lengua’- me dijo “¡Ya, córtala won!... ¡Hablas como mexicano!... Tú no ‘regresaste’, volviste… Y se dice comer, ¡no cenar!”.
Aparte de decirle ciertas cosas al “amigo”, esa noche aprendí mi tercera lección: el leguaje, cuando en lo social y/o cultural genera tensión, pierde su sentido más esencial: ser vehículo de comunicación, transformándose en una barrera que ‘no quiero’ traspasar.

 

¿Y a qué viene todo esto? A que con toda la inmigración que últimamente hemos tenido en Chile, estamos aplicando estas tres lecciones: somos intolerantes al uso de palabras socialmente “inadecuadas” de los inmigrantes; rechazamos las expresiones culturales de quienes han llegado; y como resultado, dejamos de comunicarnos efectivamente con nuestros nuevos vecinos…
Probablemente esta “barrera lungüística” todos la hemos vivido cuando llamamos a algún call center y quien contesta es claramente de otro país… Maldecimos para nuestros adentros (“¡¿por qué no me contestó un chilenoooo?!”), hacemos poco para que nos entiendan (“es que no me cachai, poh…”) y no tratamos de entenderlos a ellos (“no te entiendo, won; habla en castellano, won”)… En el fondo, los discriminamos por no hablar como nosotros (y eso que -seamos honestos- los chilenos hablamos muy, pero muy mal español).

 

Les dejo un pensamiento: si mañana nos vamos a vivir a Colombia, Perú o Ecuador… ¿creen que podremos comunicarnos con todo nuestro acervo social y cultural? Si dijéramos “ya, altiro tomamos once”, ¿alguien entendería? ¿Acaso no rogaríamos ser comprendidos y acogidos en nuestra diversidad lingüística?

 

Cuarta lección: “No hagas lo que no te gustaría que te hicieran”. VDS


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